Una carretera que sube por una montaña, una cubierta bajo el sol del Caribe y un puente que atraviesa un río pueden estar diseñados para durar décadas. Durante ese tiempo recibirán lluvia, calor, humedad, viento y cambios de temperatura una y otra vez.
Construir pensando en esas condiciones siempre ha sido parte de la ingeniería. La diferencia es que hoy aparece una pregunta adicional: ¿qué pasa cuando el clima que enfrentará una obra durante su vida útil ya no se comporta exactamente como antes?
Los escenarios climáticos más recientes del IDEAM proyectan para Colombia un aumento de la temperatura promedio de entre 1,5 °C y 2 °C hacia 2050. Las lluvias también podrían cambiar: algunas zonas enfrentarían precipitaciones más intensas, mientras otras vivirían periodos secos más prolongados.
Por eso, hablar de infraestructura resiliente es hablar de obras capaces de responder a condiciones más variables y exigentes.
¿Qué cambia cuando la lluvia es más intensa?
No es lo mismo que llueva poco durante varias horas a que una gran cantidad de agua caiga en pocos minutos. En una ciudad, esa diferencia puede poner a prueba alcantarillados y sistemas de drenaje. En una carretera de montaña, el agua puede saturar el terreno y aumentar la presión sobre los taludes. En un puente, una creciente modifica la fuerza y la velocidad con la que el agua pasa alrededor de sus apoyos.
Por eso la resiliencia empieza mucho antes de que aparezca una emergencia. Estudiar el terreno, dimensionar correctamente los drenajes, entender hacia dónde se moverá el agua y facilitar posteriores inspecciones son decisiones que pueden ayudar a que una obra responda mejor cuando las condiciones se vuelven más exigentes.
Ciudades más calientes, materiales más expuestos
El calor también cambia la manera de construir en las ciudades. Pensemos en una cubierta metálica que recibe radiación solar todos los días, una fachada expuesta durante años a lluvia y humedad o una estructura ubicada cerca del mar, donde el viento transporta sales.
Cada ambiente deja una huella distinta sobre los materiales. Es así como una solución utilizada en una bodega del interior del país no necesariamente debe tener las mismas características que una estructura ubicada en una zona costera o de alta humedad.
La durabilidad comienza por reconocer esas diferencias.
Cuando el entorno también entra en el diseño
En estructuras de acero, una de las variables que debe considerarse es la corrosión.
Agua, humedad, contaminantes y sales presentes en determinados ambientes pueden favorecer este proceso. De ahí que el diseño de una estructura no termine en definir su forma o calcular las cargas que soportará: también es necesario pensar cómo estará protegida durante los años que permanecerá expuesta.
Pinturas, recubrimientos y soluciones como el galvanizado permiten responder a diferentes niveles de exposición.
En el acero galvanizado, por ejemplo, una capa de zinc ayuda a proteger el material frente a la corrosión y a prolongar su vida útil. Su elección, como la de cualquier sistema de protección, depende de las condiciones particulares de cada proyecto.
Construir es solo el comienzo
Una obra puede inaugurarse en un día, pero tendrá que funcionar durante décadas.
En ese tiempo será necesario limpiar drenajes, revisar uniones, inspeccionar superficies y, en estructuras de acero, verificar recubrimientos y posibles señales de corrosión antes de que se conviertan en problemas mayores.
Por eso, la infraestructura resiliente también cambia la forma de entender el mantenimiento: no como una reacción cuando algo falla, sino como parte del desempeño esperado de la obra desde su diseño.
Colombia ya está avanzando en esa dirección. En 2026, el sector transporte adoptó un plan integral de gestión del cambio climático que incorpora la adaptación y la resiliencia de la infraestructura como parte de su planeación.
Construir para las condiciones de hoy y las de mañana
No existe un material que haga resiliente una obra por sí solo. La capacidad de una infraestructura para responder a un clima cambiante depende de muchas decisiones: dónde se construye, cómo se gestiona el agua, qué materiales se utilizan, cómo se protegen y qué mantenimiento recibirán durante su vida útil.
El cambio climático agrega una nueva variable a esa ecuación: las condiciones del futuro deben formar parte de las decisiones del presente. Porque construir para durar ya no significa únicamente responder al lugar donde está una obra. También significa prepararla para los cambios que ese lugar puede experimentar.
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